Se pone una venda en una herida para que esa herida no siga sangrando, primero se la debe limpiar y luego vendar, hasta que se cierre. Para las heridas del alma también hay un tratamiento, se debe tener tacto para poder curarlas. El tacto es la capacidad de construir un puente con el otro, de saber conectarse con el otro, de saber arar la tierra para luego sembrar una semilla, o una promesa, o una palabra. Necesitamos tacto para saber decir las cosas, cuándo decirlas, cómo decirlas, para que haya conexión.
Cuenta la historia bíblica acerca de un niño que era el nieto del rey Saúl e hijo del príncipe Jonatán, sucedió que cuando su abuelo y su padre fueron muertos en batalla, la nodriza que lo cuidaba lo tomó en sus brazos y huyó; pero mientras iba huyendo se le cayó el niño y quedó cojo; su nombre era Mefiboset.
Una tarde el rey David, que había relevado en el trono a Saúl, preguntó si acaso existía alguien de la antigua monarquía, de la casa de Saúl, que pudiese estar vivo, ya que el rey deseaba cumplir un viejo pacto hecho con su difunto amigo Jonatán. Alguien cercano al trono, llamado Siba, le comunica al rey David que efectivamente en Lodebar se encontraba el hijo de Jonatán, alguien a quien le correspondía vivir en un palacio, pero que vivía en el cautiverio. Y entonces ocurre lo impredecible, el rey quiere que busquen a Mefiboset y lo traigan a su mesa.
David deseaba devolverle su condición de príncipe.
“Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor a Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl; y tú comerás siempre a mi mesa”.
